Te llevas un golpe, y te levantas. Te llevas otro, y te vuelves a levantar… y otro, y otro… a veces más fuertes, a veces más flojos, a veces iguales, a veces distintos… y siempre te levantas, apoyándote en lo que puedes, esperando que venga un tiempo mejor… que parece venir, pero que, como todos, es solo un respiro en la tormenta… que continua.

Pero de repente, una de esas veces, te preguntas si llegará el momento en que no serás capaz de levantarte más, si se te acabarán las fuerzas, o las ganas, o ambas cosas. Si no te quedará nada en lo que apoyarte, o te volverás a apoyar en algo equivocado.

De repente estás cansado de equivocarte. Pero esta vez, una vez más, sigues para delante, no te queda otra. Y vuelves a confiar en que a partir de ahora las cosas irán a mejor (en fin, parecen que no pueden ir a peor, aunque ya se sabe, la Ley de Murphy, siempre se puede caer más...). Y te vuelves a prometer no soñar, no esperar cosas, no volver a despertar. Y, ¿lo más duro? Que sabes que fracasarás. Que sabes que te toca, y te tocará, tragar, llorar en silencio, sonreir en público, aparentar... por no poder hablar.

Supongo que hay que tener la capacidad de resurgir de las propias cenizas, como el Fénix… al menos mientras el viento no las esparza.