Es duro saber que vas a caer, sin poder evitarlo. Es duro saber que tú eres más débil que tú mismo. Es duro luchar contra uno mismo y saber que se va a perder. Es duro saber que vas a sufrir, y no tener el suficiente coraje como para evitarlo. Es duro dejarte llevar, dejarte caer, sabiendo que al final del tobogán no hay más que una piscina llena de pirañas, mientras que a lo largo del tubo encuentras alternativas, desvíos hacia otros toboganes, que te llevarían a otro lugar, incierto si, quizás más pirañas, pero al menos incierto, y nos negamos a cogerlo, porque ya hemos asumido que nuestro único destino es ser devorado lenta y dolorosamente, y nos resignamos.

Es duro saber que vas a sufrir, y no querer realmente evitarlo. Quizás porque en nosotros hay un pequeño David que tiene la esperanza de que no sean pirañas lo que hay, sino bellos peces de colores; un pequeño David que consigue anular a nuestro Goliat, que nos predice que nos vamos a consumir de nuevo en nuestro dolor, ese sentimiento que tantas veces hemos experimentado y que te anula, del que luego pareces salir reforzado, pero que en la mayoría de los casos solo “parece”, porque realmente salir reforzado sería tener el coraje de saber evitar las pirañas la próxima vez.

Es duro saberse débil, sentirse impotente. Es duro saberse manejable. Es duro saber que algo o alguien tiene más poder sobre nosotros que, bueno, que nosotros mismos. Es duro saber que no se es libre.